Homilía para la Misa de toma de posesión del P. Miguel Ruiz como párroco
de la parroquia de Todas las Almas
Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz
Introducción
Es una feliz ocasión la que me trae hoy aquí, y estoy agradecido y feliz de estar con ustedes para celebrar esta Misa de investidura del P. Miguel como su nuevo párroco. También quiero expresar mi gratitud a su párroco saliente, el P. Kasimir, por su liderazgo pastoral aquí en la parroquia de Todas las Almas. Ha logrado mucho bien aquí, y me tranquiliza saber que la parroquia pasará ahora a las competentes manos del P. Miguel.
Antecedentes históricos
Este domingo es un poco diferente de la secuencia de los domingos que hemos estado celebrando durante estos Domingos del Tiempo Ordinario, ya que es un día de fiesta especial que marca el día de hoy y que tiene precedencia sobre la Misa dominical, la fiesta de la «Exaltación de la santa Cruz». El origen de esta fiesta es bastante antiguo, remontándose al siglo VII.
Se cuenta que en el año 629 d.C., el emperador romano fue a Jerusalén para recuperar los restos de la Cruz en la que nuestro Señor fue crucificado. Se dice que el emperador pretendía llevar los pedazos de la Cruz sobre sus hombros a la ciudad con gran pompa y gloria, pero se detuvo repentinamente a la entrada de los lugares santos y se encontró con que no podía avanzar.
El patriarca de Jerusalén en ese momento, de pie junto al emperador, le sugirió que su esplendor imperial no concordaba con la humilde apariencia de Cristo al llevar la Cruz por las calles de esa ciudad. Así que el emperador se despojó de todas las insignias ornamentadas de su cargo, se vistió con ropas sencillas y marchó descalzo en la procesión. Entonces pudo entrar, y devotamente colocó la Cruz donde había estado antes.
Significado espiritual
El relato de esta historia transmite el significado mismo del misterio de la Cruz. De hecho, el título de esta fiesta por sí solo ya es un indicio. Es, sin duda, bastante irónico: la «Exaltación de la santa Cruz». La cruz en los tiempos antiguos del Imperio Romano era un instrumento de tortura y ejecución, un símbolo de vergüenza. ¿Por qué querríamos exaltar – enaltecer, estimar, admirar – un instrumento de la muerte más dolorosa e ignominiosa imaginable?
Pues, ¿qué nos dice nuestro Señor mismo en el Evangelio que acabamos de escuchar para la Misa de hoy? «Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del hombre, que bajó del cielo y está en el cielo. Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna». Este «levantado» significa ser levantado en la Cruz, la elevación de la Cruz. El Señor mismo bajó del cielo para ser levantado en la Cruz, la humillación suprema, para luego regresar a su Padre celestial en la gloria. Es el movimiento de ser rebajado y luego elevado. Esto es lo que nos dice San Pablo en ese antiguo himno cristiano que acabamos de escuchar en su Carta a los Filipenses: «Cristo … se anonadó a sí mismo tomando la condición de siervo. … [S]e humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre …».
Este es el camino al cielo, y Jesús nos lo ha preparado al ir primero. Y este es el patrón que vemos repetido a lo largo de toda la Biblia: Dios humilla a los soberbios, y a los humildes los exalta. Nuestra Santísima Madre es el ejemplo perfecto de este patrón en el plan de salvación de Dios, que ella ensalza en su himno de alabanza a Dios, el Magníficat, en su Visitación a su prima Isabel, quien estaba a punto de dar a luz a San Juan Bautista: «[El Señor] ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersa a los de corazón altanero, destrona a los potentados y exalta a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide sin nada».
En la vida diaria
¿Por qué Dios querría que este fuera el camino hacia nuestra salvación? Si lo piensan y prestan atención, resulta evidente que la soberbia no deja espacio para el amor. Los humildes son los que pueden amar, porque comprenden la belleza de respetar a los demás y tratarlos con bondad y generosidad. Y es el amor el que exalta la condición humana, mientras que la soberbia lo destruye todo y termina haciendo que todos sean miserables. Esta verdad se hace cada vez más evidente en la cultura contemporánea en la que vivimos.
Por eso, como dije, me siento feliz y agradecido de estar con ustedes hoy. Sé que esta parroquia es muy activa y vibrante, con su diversa comunidad involucrada en las obras que proclaman el Evangelio. Este es el fruto de vivir este patrón de humillarse para que Dios nos exalte. Esa exaltación se ve en la vitalidad de la comunidad que vive su fe, pero viviendo su fe en comunión, bajo la dirección y el cuidado pastoral de su párroco.
Por eso agradezco al Padre Miguel por aceptar esta invitación para venir como párroco de la parroquia de Todas las Almas. Le agradezco el ministerio que ya ha ejercido aquí en nuestra Arquidiócesis, en la parroquia de San Kevin, y sé que continuará aquí. Pero, insisto, solo en los lazos de la comunión podemos realizar estas obras para Dios, y esta es la razón por la que el obispo o su delegado celebra este rito de toma de posesión de un nuevo párroco. El obispo es realmente el punto focal de la comunión de la iglesia local, que para nosotros son los tres condados que conforman la Arquidiócesis de San Francisco: San Mateo, San Francisco y Marín. Como Arzobispo aquí, tengo el privilegio de presenciar todo el bien que se logra en estos tres condados de nuestra Arquidiócesis, a menudo invisible para la comunidad en general.
Conclusión
Quiero, pues, aprovechar esta oportunidad para expresar mi agradecimiento a toda la Sociedad del Verbo Divino por el compromiso pastoral de sus sacerdotes con nuestra Arquidiócesis. Desempeñan sus responsabilidades pastorales con fidelidad, verdadera caridad pastoral y fervor evangélico, y siempre están atentos a preservar y fortalecer la comunión en la fe. Con ese espíritu de comunión, procederemos ahora al rito de investidura, cuando el P. Miguel asume oficialmente el oficio de párroco de Todas las Almas.